Ustedes me perdonen por este post, y lo primero de todo: siento mucho la muerte de Steve Jobs, de verdad, como la de cualquier ser humano que es obligado a dejar este mundo antes de tiempo, sin haber concluido su ciclo vital. Sólo quería hablar de su famoso discurso donde nos cuenta su historia de superación constante con final feliz (en lo material) que yo entiendo como la narración típica americana sobre el afán de superación de cada uno de nosotros, de que si uno quiere, puede llegar a donde se proponga, (muy pocos queremos ser de verdad millonarios). Entonces yo recuerdo a mi amiga Teresita del BUP, sus ojos azules de un claro transparente y su piel blanca, blanca por la nieve y el hielo que se le acumulaba todas las mañanas de invierno cuando venía andando desde su casa al Instituto, hora y media de caminata, porque en su casa (el hogar de una mujer separada con tres hijos) no había dinero para el autobús, ni para comida, ni para casi nada, aun así Teresita hacía el esfuerzo de continuar con sus estudios; “no hay nada en la nevera” me decía muchas veces, pero ¿nada?, nada de nada, mi madre se ha ido a vivir con su novio y nos ha dejado a los tres con lo puesto, creo que le ha dado algo de dinero a mi hermano mayor pero se lo ha gastado en ropa; y sonreía.
Años después encontré a Teresa en la entrada de un metro, vendía pulseras de cuero, estaba muy delgada y sus ojos azules estaban apagados, se habían hundido en los paraísos artificiales, charlamos un rato, le compré unas pulseras y me fuí a casa mascando rabia y tristeza por la vida de esta amiga con mucha voluntad y muy pocas posibilidades. Ya sé, es una historia de fracaso, de las que no aprendes nada y sólo dan miedo por lo cerca que a veces puedan estar de nosotros; a lo mejor si mi amiga hubiese nacido en EEUU y en su casa sin comida, hubiese habido un garaje, la cosa habría cambiado, no sé.
Años después encontré a Teresa en la entrada de un metro, vendía pulseras de cuero, estaba muy delgada y sus ojos azules estaban apagados, se habían hundido en los paraísos artificiales, charlamos un rato, le compré unas pulseras y me fuí a casa mascando rabia y tristeza por la vida de esta amiga con mucha voluntad y muy pocas posibilidades. Ya sé, es una historia de fracaso, de las que no aprendes nada y sólo dan miedo por lo cerca que a veces puedan estar de nosotros; a lo mejor si mi amiga hubiese nacido en EEUU y en su casa sin comida, hubiese habido un garaje, la cosa habría cambiado, no sé.